Columnista

 Xalapa, Ver.,

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HISTORIA DE UN MAESTRO RURAL DE LOS 60´S

Cuando al maestro Leopoldo Quiñones Hernández lo asignaron a la congregación de Gallo de Oro, perteneciente al municipio de Chiconquiaco, contaba con escasos 22 años de edad.


Cuando llego a Chiconquiaco, inicio una caminata de 5 horas, bajando por la parte más alta de la sierra, el pobre maestro llego muerto de cansancio y hambre al lugar indicado, pero para su sorpresa, le dijeron que en Gallo de Oro no existía escuela alguna, y por lo tanto, tuvo que regresar nuevamente a Xalapa para contar lo sucedido.


Se entrevisto nuevamente con su supervisor, al cual le explico lo acontecido, y el le contesto, que la razón por lo que lo había asignado a aquella zona, es porque el consideraba que tenía la suficiente capacidad para construir una escuela donde no la había.


Inicio de vuelta la larga ruta hacia la congregación, al presentarse con el comisariado ejidal, le mostró el papel que lo acreditaba como maestro, el comisariado le contesto, si como no maestro, vamos a ver donde va usted a construir la escuela.


En ese momento con en el estomago vacío, le pidió en un tono de humildad, que si por favor antes de ir a ver el terreno, no le podría ofrecer algo de comer porque se estaba muriendo de hambre.


El comisariado ejidal, apenado contesto, perdóneme maestro por ser tan poco cortes, pase usted a mi casa a comer, y desde ese primer día, ahí comió en los siguientes tres años y en otra casa se quedo a dormir por el mismo tiempo.


Al día siguiente empezó la ardua tarea de construcción de la escuela, junto con algunas personas de aquel lugar, que con gusto ayudaron a la construcción de esta, al termino del cual, no fue otra cosa, más que una simple galera con mesas y sillas de lo mas elemental para la enseñanza.
Comenta el maestro que el primer día de clases no se le olvido nunca, porque los padres de familia se presentaron con sus hijos y ahí estuvieron para ver que es lo que hacia un maestro.


A escasos tres meses de iniciar la enseñanza, se presentaron ante él, un grupo de aproximadamente 10 jóvenes cuyas edades fluctuaban entre los 15 y 20 años, los cuales le preguntaron que si era posible que a ellos también les pudiera enseñar a leer y escribir, el maestro les pregunto,
¿ustedes realmente quieren aprender a leer y escribir? , ellos contestaron, sí, hay que señalar que no le pagaban más por hacer este noble servicio.


El les dijo que iba a ser difícil para ellos, ya que tendrían que empezar a las 6 de la tarde y terminar a las 8 de la noche, de lunes a jueves, ellos contestaron, no hay problema maestro, será como usted diga, la jornada de trabajo en la zona cafetalera, era de 6 de la mañana a 5 de la tarde, cabe señalar que en esa época, el horario de clases en la primarias era de las 8:00 a.m. a las 2:00 p.m. y de las 4:00 a las 6:00 p.m.


Lo que realmente sorprendió al maestro, fue ver el entusiasmo que mostraban estos jóvenes por querer aprender, comenta, que se bebían los libros una vez que aprendieron a leer, en una mano la vela y en la otra el libro.


Y aquí nos hace recordar algo que se ha dicho através del tiempo, que el conocimiento es algo innato en el ser humano, que apasiona a hombres de todas las razas y credos, y esto no iba a ser la excepción, en un remoto lugar de la sierra de nuestro estado.


Pero este maestro también cuenta, cuando tuvo ratos amargos, cuando estando en otras localidades, fue ignorado por los lugareños, al presentarse en algún acto donde asistía algún sacerdote, simplemente lo ignoraban, y daban al sacerdote todo de lo mejor que había; la mejor cama, el mejor caballo, la mejor comida, etc.


En sus últimos años de servicio, recorría en su bicicleta desde la congregación de Tatatila, hasta el municipio de Rafael Ramírez(Las vigas), y para los que no conocen esta carretera, les diremos que es bajar parte de la zona más alta de la sierra, hasta donde se encuentra Tatatila, con un frío que quema los huesos, y nunca falto por ningún motivo a su escuela.


Como anécdota, una vez me comento su hermano, que por cierto, también fue maestro, que en una ocasión conoció a un albañil al cual le dijo que le anotara su nombre porque posteriormente le hablaría para un trabajo, lo que sorprendió a su hermano, fue que este hombre tenía una escritura muy bonita para ser albañil, le pregunta el maestro, oye compañero, pues hasta que año estudiaste, mira que bonita letra tienes, y el le contesta, yo nada más termine la primaria, y pues mi maestro fue don Leopoldo Quiñones Hernández, ese si era buen maestro.


Esto viene a colación con las recientes cifras que se han dado en medios de información, con respecto al nivel tan bajo que presentan los maestros,
que de acuerdo con los resultados del examen nacional para la obtención de plazas de docentes, 92,770 reprobaron o sea el 74,9% y solo aprobaron 31,086 o sea el 25,1% y para deshonra de Veracruz, ocupo el tercer lugar de los estados con más reprobados, pero algo también increíble, maestros con más de 20 años de servicio, también reprobaron el examen.


Como se quiere elevar el nivel académico de las nuevas generaciones, cuando se tienen maestros malísimos en la enseñanza, ah pero eso si, lograron un aumento el año pasado del 32.2%, que incongruente es nuestro sistema político mexicano.


Por eso escribo esta columna en honor al maestro, Don Leopoldo Quiñones Hernández, digno representante de aquellas generaciones de maestros que dieron lo mejor de si mismo, para bien de México, ganandose el cariño, el respeto y la admiración de innumerables generaciones de alumnos.