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Columnista |
Xalapa, Ver., |
| Comunicate: marza1961@hotmail.com | |
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Biblioteca Palafoxiana, Ciudad de Puebla, 21 de marzo, 1990
La declaración de Sandrina Romagnoli me dejó helado. De una sola pieza. Desde la repentina muerte de su esposo, el General Águila, ningún libro de historia de México -y yo había devorado todos, en parte por mi profesión y, en gran medida, por mi morbosa inclinación hacia los chismes políticos- hacía referencia a este episodio. Los que más se acercaban al tema, señalaban que el General Águila, héroe de la revolución cristera, pacificador de Michoacán y Colima, Gobernador de Puebla, Secretario de Comunicaciones y Transportes durante el período de la Segunda Guerra Mundial y constructor incansable de las carreteras orientales serrano-costeñas del maximato, había muerto en su cama, después de un banquete servido en su honor, como nuevo hijo predilecto de Tehuacán. La confesión de mi tía Sandrina, completaba de golpe y porrazo la información.. rasgaba de tajo el velo de misterio tendido minuciosamente alrededor de la vida y muerte de un personaje emblemático del machismo mexicano: el fiero General Águila, hombre entre los hombres, amigo de sus amigos, patriarca de varias familias, señor de fuete y espuelas de Amozoc, bravo jinete, arrojado matador de reses de lidia, golpeador de mujeres, capitán de negocios sucios, amante de divas del celuloide inconquistables, consejero de varios generales que se habían hecho en la fajina de la tropa, cómplice de presidentes, dueño absoluto del derecho de pernada sobre las vírgenes de la región (una de las cuales, mi tía Sandrina, había sido raptada por él, cuando se asomaba, con curiosidad adolescente, al trazo del proyecto de carretera de mi pueblo). Todo un macho, pues. De las palabras de mi tía Sandrina se concluía que, efectivamente, había envenenado a mi General cuatro meses antes de la fecha en que el partido oficial "destaparía" al "cachorro de la revolución", un joven abogado veracruzano que, después de un largo período de reyertas castrenses, sería el primer candidato civil, designado por el Presidente, hermano del General Águila, de nombre Samuel, divisionario con mando, aburrido dignatario que desempeñaba el cargo como si éste fuera un lastre y para el que dirigirse a la gente era más agrio que beber cicuta. Pero la sucesión se le había complicado al extremo a Samuel. Su hermano, secretario de Estado, le era más pesado que cargar un cuñado en brazos. Le "atravesaba el caballo" cada vez que podía.. El día que Samuel se cruzó la banda presidencial, mi General Águila, sin su consentimiento o a pesar de él, fue a sentarse al viejo palacio de Covián, en Bucareli para "hacerse cargo" de la Secretaría de Gobernación -tuvieron que intervenir los viejos militares entorchados para convencerlo que se trasladara meses después al despacho de Comunicaciones, sobre la calle de Tacuba, frente a Minería Producto de los complots que mascullaba día y noche en contra de su mofletudo hermano, armó a un sargento retirado del ejército para que le disparara a Samuel a quemarropa afuera de Palacio Nacional (Samuel se salvó, paradójicamente, porque ese día traía puesto el chaleco antibalas que mi General le había regalado, "por si las moscas") Después, aconsejó al Diputado Enriquez, para que a la hora de contestarle el Informe, armara un escándalo verbal de resonancia continental, porque avergonzó a Samuel ante los jefes gringos y espetó en la cara del Presidente su "falta de empaque", disfrazada por su euforia anticomunista y los halagos a la clerigalla Había alebrestado a los líderes obreros en contra de su hermano, al grado de que Juan N. Pontones inclinó a la CROM para jugársela a favor de la candidatura del General Sinecio Bustos (el día de la elección, mi General le reprochaba en la cara al Cacique de la Huasteca, que se hubiera robado a balazos las casillas electorales de la Colonia Roma, en las que Sinecio Bustos había ganado de calle) Inquietaba a Lomas Baquedano, su paisano teziuteco, el líder obrero que poseía cuatrocientos trajes y sombreros del mismo color para aparentar que sólo tenía uno, alentando sus posibilidades para disputar "la grande" y estorbar cotidianamente el proceso de decisión, que debía ser fluído, que pertenecía a un solo dedo ...Cuando mi General Águila vio perdido su caso y adivinó la inminente postulación del abogado veracruzano que despachaba en Gobernación, su encabronamiento fue mundial. Amenazó con matar al hermano en todas las reuniones que podía y esto, Samuel no lo ignoraba. A pesar de sus ochenta años, mi tía Sandrina era todavía increíblemente bella. Si en su juventud había inspirado a muchos artistas plásticos -que inmortalizaron su figura en conocidas estatuas de Bellas Artes y cotizadas pinturas de colecciones particulares-, también arrobó a poetas como Efraín Huerta que, descubriendo su soledad acompañada había escrito que "de un seno al otro solloza un poco de ternura", todavía tenía fuerzas para usar zapatillas puntiagudas con tacones altos del diez, se maquillaba como una adolescente reventada, combinaba a la perfección los colores y confecciones de bolsas y vestidos, era meticulosamente ordenada en sus peinados diarios de salón y sus cejas, casi dibujadas en arco, enmarcaban unos enormes ojos azules color de mar rodeados de pestañas negras, tupidas y rizadas y una sonrisa francamente cachonda. Era un milagro de la senectud. -A los tres días de enterrar a mi General Águila, me dijo, aventé el luto al cajón de los olvidos y desafiando el chisme y las miradas envidiosas de las poblanas, me casé con mi verdadero amor, Jorge Vélez, aquél que desde que lo ví me dieron ganas de meterme a la cama con él. Lástima que se me murió hace veinte años y cuando eso pasó yo creí que me iba a morir y repartí mis propiedades, tanto a mis hijos e hijas como a mis entenados, hijos de mi General arrebatados a otras mujeres, a quienes crié como si fueran míos A Graciela, la que se casó con el dueño de Las Ánimas, le dejé el Sanborns de Madero, la Casa de los Azulejos tapizada de mosaicos de Talavera, una verdadera preciosidad; a Olivia, la de Barroso, el rancho del Batán, con una extensión que abarcaba, desde los límites con la ciudad Universitaria, hasta la Magdalena Contreras, pasando por la Unidad Independencia y San Jerónimo; a Romelia, la de O'Donahue, los ranchos de Atlixco y la Huasteca Potosina y a mis hijos las casas de México y Puebla, en Polanco y el Callejón del Sapo Una vez que los forré, a los pocos años yo era un estorbo para ellos, me veían como mueble viejo y nadie me volvió a recibir en su casa. Efectivamente, pensé, mi familia era lo único que le quedaba a mi tía Sandrina y no tardé en convencerla de irse con nosotros a vivir a México. La acomodamos, sin lujo pero con autonomía en la recámara de huéspedes. Se encariñó con mis hijos. Le conseguí un aparato de sonido que todavía tocaba sus gruesos discos de 78 y 33 revoluciones por minuto y unos archivos adecuados para guardar cientos de fotografías en blanco y negro que, al pasar el tiempo y con más confianza me fue mostrando. - Ésta es la de Veracruz, cuando el joven abogado de Sayula le juntó a Samuel 24 gobernadores para respaldar su candidatura, señalaba con sus finos dedos y sus uñas esmeradamente cuidadas Ésta, de cuando me tocó ir a ver a doña Hortensia para convencer al Jefe Máximo que tenía que subirse al templete instalado en el Zócalo para demostrar el acto de unidad en torno a Samuel A esta le tengo un especial cariño éste fue el único hombre cuya pasión me hacía soportar a mi General y a mi insoportable cuñada Aquí estamos en la playa con toda la familia política -éste de atrás era un tinterillo obsecuente y lambiscón, arrastrado hasta la pared de enfrente, cuando mi marido lo maltrataba le daba las gracias, en vez de rezongar con los años, cuando ese tinterillo fue a Puebla, después de ordenar la matanza del 68 me di el lujo de mentarle la madre en público Ésta es con Eleanor, prima de su esposo, el presidente Roosevelt, tomándonos un café en Bahamas, vigiladas por la Guardia Nacional, allí fue donde me dijo que los gringos vivían aterrados por tener un régimen militar en su frontera del sur, que querían un civil para que sustituyera a mi cuñado Samuel Y empecé a acariciar la idea Esta es la foto del yate de los Greeneham, la familia alemana perseguida por Hitler, porque les había quitado sus minas de hulla del Ruhr, para pasárselas a los Krupp, que le fabricaban el material bélico Los asilé en México, guardé celosamente sus joyas y se las regresé a la señora cuando acabó la guerra A cambio, me regaló el yate, todo forrado de finas maderas de ojo de perdíz, mismo que cuando pensé que moría en los sesentas se lo regalé a la Marina y hoy es el buque-escuela Cuauhtémoc Ésta es la foto de la procesión en Atlixto, un día lluvioso, cuando enterramos a mi General Águila. Al paso de los meses fui intimando con mi tía. Su vida era un verdadero laboratorio de la condición humana. Todo lo que le había aguantado al General Águila era producto de una educación campesina "con mucha rienda" en una colonia de italianos del centro de Veracruz. El odio que ella despertó en su tiempo era por ser juzgada como la cómplice del chacal, aunque se condolieran de todas las amantes por considerarlas "pobres usadas". Mi tía le soportaba todos los excesos, los ridículos, las bajezas, las vergüenzas hasta que hubo algo que no pudo soportar. Unos días antes de morir, mi tía Sandrina
me lo platicó: Una vez reincorporado, nos trasladamos a mi casa de Polanco y lo dejé al cuidado de sus ayudantes, para verme con Jorge Vélez a tomar un café, cita que se prolongó en el Regis hasta por ahí de las once de la noche. Le pedí me llevara a la casa y cuando entré abrí cuidadosamente la puerta de la biblioteca y constaté con mis propios ojos que "El Chato", jefe de ayudantes de mi General era su verdadera flaqueza, el alivio indicado para calmar las pasiones y arrebatos de un torturador, sadomasoquista, asesino empedernido. Ese dolor no lo pude soportar. Lloré tres días y cuando ya no tuve fuerzas para más, recordé la recomendación de Eleanor en Bahamas, me dispuse a hablar con Samuel, en un acuerdo personalísimo que me concedió en Tehuacán -acompañado del joven abogado que despachaba en Bucareli- y empecé a urdir el desenlace con la meticulosidad de una araña. El mole lo preparé con Camilita, mi ayudante de cocina de siempre, aquel mediodía de 1945 en que mi General quería lucirse ante sus invitados en el cortijo de la casa de Atlixco, donde acabó haciendo el ridículo al ser topado por vaquillas de doscientos kilos Después de la comida, mi General empezó a sentirse mal y me encerré con él en la recámara para atenderlo En la soledad de mi cuarto, en Atlixco el General Águila se fue entumiendo, enjutando y diluyendo Cuando la cara estaba a punto de perdérsele bajo el cuello, expiró Yo me fui de México con Jorge, esperando que el tiempo hiciera su tarea Lo que sucedió. A los pocos días de su íntima confesión, murió mi tía Sandrina. Ningún libro registra su nombre. Sólo
en mi pueblo y en mi casa, cuando nos acordamos de sus anécdotas,
revivifica nuestra existencia.
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